Vivimos en una época que idolatra lo último: el móvil más nuevo, el restaurante más innovador, la tecnología más avanzada. Parece que todo tiene que ser más rápido, más vanguardista, más espectacular. Sin embargo, de vez en cuando la vida nos regala momentos que nos recuerdan algo que siempre ha estado ahí: que lo sencillo, cuando es auténtico, puede ser infinitamente más placentero que lo más innovador.
Ayer tuve uno de esos almuerzos que sabes que vas a recordar durante mucho tiempo.
Un amigo nos invitó a su casa de campo en un enclave privilegiado de Fuente Viñas, en el término de Chiva. Una montaña preciosa, con vistas abiertas y ese silencio que solo se encuentra cuando uno se aleja de todo. El día estaba nublado, pero con una luz especial; el agua amenazaba, aunque nos dio tregua. El ambiente era de esos que invitan a encender un buen fuego, no por necesidad, sino por el gusto de hacerlo.
La casa no tenía luz, ni agua corriente, ni cobertura. En otras circunstancias alguien podría pensar que falta algo. Pero en realidad no faltaba nada. Era, simplemente, el paraíso de la desconexión. Hoy en día se pagan fortunas por pasar unos días de “detox digital”, escapando del wifi y de las pantallas. Allí ese era el estado natural de las cosas.
Y en ese escenario comenzó el almuerzo.
Las primeras en aparecer fueron unas patatas fritas hechas al fuego de leña. Nada que ver con el gas, la vitrocerámica o las air fryer que hoy llenan las cocinas modernas. Aquí había un triángulo de hierro sobre el fuego, un caldero con aceite hirviendo y el crepitar de la leña como banda sonora. El olor ya anunciaba lo que venía: patatas con sabor al origen, con autenticidad.
Después llegaron los huevos fritos, también al fuego de leña. Y el lomo y el embutido sobre las brasas. Un menú simple en apariencia, pero con una solera que hoy es difícil de encontrar. Fácil en su planteamiento, pero casi imposible de replicar en la vida cotidiana actual.
El aceite con el que se frió todo tenía su propia historia. Era aceite recogido y prensado en casa, sin grandes almazaras ni depósitos de acero inoxidable. Sin mezclas, sin procesos industriales, sin aditivos. Aceite de oliva como el que contaban nuestros abuelos: intenso, vivo, con carácter.
Ese mismo aceite también aderezaba una ensalada sencilla de cebolla, tomate, aceitunas y piparras. Cuatro ingredientes humildes que, con un buen aceite, se convierten en algo extraordinario. Porque cuando la materia prima es de verdad, no hace falta disfrazarla.
Patatas al fuego.
Huevos al fuego.
Carne a la brasa.
Una ensalada de las de siempre.Nada más.
Y, sin embargo, lo tenía todo.
Entre plato y plato no había móviles sobre la mesa. No había wifi, ni datos, ni notificaciones. Tampoco había fotos para Instagram ni postureo gastronómico. Solo conversaciones reales, miradas, risas y un paisaje sin filtros. La vida sucediendo en directo.
Alguno incluso culminó el almuerzo con un cremaet hecho allí mismo, al momento, sobre el fuego. Café, ron, azúcar y ese ritual casi ceremonial de prepararlo mientras todos observan. Otro pequeño lujo de los que no se compran, de los que simplemente ocurren cuando el tiempo se toma sin prisa.
En momentos así uno entiende que muchas de las sensaciones que hoy buscamos con tanto empeño ya existían antes, cuando todo era más simple. Es como montar a caballo por el campo, o subir a un coche de caballos. El ritmo cambia. Respiras distinto. El tiempo parece ensancharse.
No hay prisa.
No hay exceso.
No hay ruido.Solo el placer de estar.
Tal vez por eso lo sencillo resulta tan profundamente placentero. No exige grandes preparativos ni artificios. No requiere demostrar nada a nadie. Basta con estar presente y dejar que las cosas ocurran: el fuego que calienta, el olor de la leña, el sabor de siempre, la conversación tranquila.
En un mundo obsesionado con lo nuevo, lo rápido y lo espectacular, quizá el verdadero lujo sea precisamente ese: volver a lo simple.
Porque, al final, lo simple siempre es más.
Y lo sencillo, cuando es auténtico, es donde realmente vive el placer.


