Esta semana hemos asistido a una nueva exhibición de la hipocresía woke, dejando en evidencia, una vez más, la obscena doble vara de medir según quién haga qué.
Si en San Mamés o en el Nou Camp se canta “español el que no bote”, no pasa absolutamente nada. Incluso se celebra con complicidad. Pero si en Cornellá se canta “musulmán el que no bote”, entonces se desata la cacería y se etiqueta automáticamente como racismo.
“Racismo”, esa palabra manoseada hasta vaciarla de significado, utilizada como arma arrojadiza según convenga. Resulta especialmente cínico cuando en Cataluña y el País Vasco se desprecia sistemáticamente a los españoles —como si ellos no lo fueran— tratándolos como poco menos que una categoría inferior. Sin embargo, esos cánticos contra España, la quema de banderas o los abucheos al himno nacional en finales deportivas —habituales cada vez que participan equipos catalanes o vascos— jamás reciben el mismo tratamiento mediático ni la misma condena moral. Ahí, curiosamente, reina el silencio.
Conviene recordar algo básico: el racismo implica atacar a una raza. Ser musulmán es profesar una religión, no pertenecer a una raza. Pero claro, eso obligaría a pensar, y pensar puede desmontar muchos relatos interesados.
No voy a justificar ninguno de esos cánticos, pero tampoco voy a aceptar la manipulación descarada ni la indignación selectiva. Especialmente sangrante es el papel de los medios que presumen de ser “de derechas”. Resulta patético ver cómo emisoras como la COPE se rasgan las vestiduras en directo, mientras periódicos como El Mundo, ABC o La Razón señalan unos hechos y callan cobardemente ante otros idénticos cuando no encajan en el guion.
Y, mientras tanto, el ruido sirve para tapar lo importante: los casos de corrupción que rodean al entorno de Sánchez, el accidente del AVE en Adamuz —prácticamente silenciado en comparación con la dana de Valencia— o problemas reales como la vivienda, el coste asfixiante de la cesta de la compra, la inseguridad creciente o la regularización masiva de inmigrantes.
Al final, lo más revelador no es el cántico en sí, sino la reacción interesada que provoca. Y lo más preocupante: ver a medios que deberían plantar cara comprando sin resistencia el marco ideológico woke.
Así están las cosas.
PEPE HERRERO


