Cuando la política somete a la ideología

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que la política ha dejado de ser el instrumento al servicio de las ideas para convertirse en su dueña. Tiempos en los que la ideología ya no guía la acción pública, sino que espera disciplinadamente a que alguien, desde arriba, dicte la consigna.

Hoy asistimos a un fenómeno inquietante: la venta de las propias ideas, el regalo de la ética y la moral, a cambio de alinearse con una orden política concreta. Ya no se actúa por convicción; se actúa por instrucción.

La escena se repite con una claridad casi didáctica. Si alguien da un beso polémico a una mujer, se lanzan consignas, se activan estructuras, se convocan manifestaciones y comparecencias. Los altavoces suenan al unísono. Pero si un agente de la ley comete una violación con penetración, el silencio puede resultar ensordecedor. No hay órdenes, no hay convocatoria, no hay pancartas. La gravedad objetiva del hecho no determina la reacción; la conveniencia política sí.

Lo mismo sucede con las guerras. Si el conflicto afecta a un país que interesa en el tablero geoestratégico de quienes dictan la línea, se organizan concentraciones, campañas, comunicados. Si la guerra estalla en otro lugar que no encaja en el relato o no ofrece rédito político, la indignación se disuelve. No hay órdenes, no hay protesta. Por los mismos actos —violencia, abuso, muerte— obtenemos respuestas radicalmente distintas.

El problema no es discrepar. El problema no es priorizar causas. El problema es que la brújula moral ya no parece apuntar hacia principios universales, sino hacia despachos concretos. La indignación se administra, la empatía se dosifica y la protesta se programa.

Cuando la política supera a la ideología, ocurre algo profundamente preocupante: el ciudadano deja de pensar en términos de justicia o injusticia y comienza a hacerlo en términos de alineamiento. Se pregunta menos “¿Es esto correcto?” y más “¿Qué toca defender ahora?”. La ética se subordina a la estrategia. La razón se supedita a la consigna.

Es una pena. Una pena que la ideología —que debería ser reflexión, coherencia y principios— quede relegada a un segundo plano frente a la orden política. Una pena que personas formadas, críticas y con capacidad de análisis acepten sin cuestionar el guion que se les entrega. Una pena que la libertad de conciencia se transforme en disciplina de bloque.

Quizá el verdadero acto revolucionario de nuestro tiempo no sea salir a la calle cuando lo ordenan, sino hacerlo —o no hacerlo— cuando lo dicta la propia conciencia. Recuperar la coherencia, aunque incomode. Defender lo mismo, aunque cambien los protagonistas. Indignarse por el hecho, no por quién lo comete o a quién perjudica.

Porque cuando la política manda sobre la ideología, no solo pierde la coherencia el ciudadano. Pierde la democracia.

A.C.

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