Cuando lo sencillo es extraordinario.

Hoy no buscábamos una mesa con vistas infinitas ni una puesta en escena de esas que inundan las redes sociales. No queríamos tuétano con escarificaciones milimétricas ni el confort predecible de una franquicia donde, estés donde estés, todo sabe exactamente igual. Hoy buscábamos algo más difícil de encontrar: verdad.

Nos alejamos un poco del bullicio de Valencia y nos adentramos en el interior, hasta Siete Aguas. Allí nos esperaba Ferrer Los 7 Caños. Y conviene decirlo desde el principio: no existe ningún acuerdo económico detrás de estas palabras. Escribo por el simple placer de compartir lo bien que nos hicieron sentir.

Fuimos dos a comer. Pedimos sencillo, sin fuegos artificiales: cuatro croquetas de rabo de toro para empezar. Y qué croquetas. Espectaculares. Servidas sobre un lecho de puerro, con un rebozado crujiente que anunciaba lo que venía después y un interior cremoso, profundo, lleno de sabor. De esas que obligan a hacer una pausa tras el primer bocado, mirarse y asentir en silencio.

De principales, una olla y unas chuletas de cordero. Pero no una olla cualquiera: la auténtica olla de Siete Aguas. Un plato con nombre propio y con historia, que concentra en su interior la esencia de la cocina tradicional. Lleva alubia canela, patatas, cardo, manita y rabo de cerdo, costillas de cerdo, jamón y morcilla de cebolla de siete aguas.

Ingredientes humildes que, cocinados con tiempo y respeto, se transforman en algo extraordinario. Es una receta que no entiende de prisas, que necesita fuego lento y paciencia, y que devuelve en sabor todo lo que exige en dedicación. Sabores con personalidad y fuerza, sin disfraces.

Las chuletas, a la brasa, llegaron acompañadas de patatas fritas caseras —de las de verdad— y una salsa sencillamente buenísima. Una salsa que aportaba un toque fresco, con un recuerdo a salmorejo, a tomate de huerto triturado con especias y buen aceite de oliva. Ligera pero intensa, equilibraba la potencia de la brasa y elevaba unas patatas que ya por sí solas estaban impecables. De esas combinaciones que no buscan sorprender, sino armonizar.

Llegaron los postres y confirmaron la sensación: tarta de almendra y tarta de queso. Todo con ese inconfundible toque casero hecho con cuidado y cariño. Sin estridencias. Sin artificio. Solo oficio y respeto por la tradición.

A veces parece que los platos de siempre se diluyen entre tendencias pasajeras y conceptos grandilocuentes. Pero cuando tienes la suerte de reencontrarte con ellos, bien ejecutados, honestos, sin complejos, recuerdas por qué forman parte de nuestra memoria gastronómica. Son platos que no buscan impresionar: buscan permanecer.

Y lo consiguen.

Porque hay experiencias que no necesitan vistas al mar ni vajillas imposibles. Solo necesitan verdad en la cocina y calidez en el trato. Hoy la encontramos en el interior, en una mesa compartida entre dos, disfrutando sin prisas.

Y por eso lo cuento.

A.C.

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