La izquierda, a lo largo de la historia del último siglo, ha vivido de las dicotomías: herramientas retóricas comunes en política para simplificar mensajes y hacerlos más movilizadores dividiendo a la población.
Así vemos cómo, tras las primeras, que enfrentaban a los patronos contra los obreros, se inició el etiquetado en el que los primeros eran malos y los segundos, buenos.
Luego vinieron las ideologías: el progresismo es bueno, el conservadurismo es malo. Así, la izquierda se autodenomina progresista y a la derecha la denomina conservadora.
El republicanismo es bueno; la monarquía es mala.
La mujer es víctima y siempre tiene la razón, y el hombre es machista por naturaleza y siempre miente.
El heterosexual es malo y el homosexual, bueno.
El patriota es malo y el globalista es bueno.
Lo público es bueno; lo privado, malo.
El feminismo es bueno y el antifeminismo es malo.
Y así con muchos temas sociales.
Ahora intentan llevarlo al plano fallero, y ahí es donde quiero incidir: pienso que las fallas nos debemos mantener al margen.
En las fallas, dos han sido los pilares desde los que nos hemos visto atacados, y eso debemos erradicarlo, desterrarlo sin paliativos desde el primer momento. Y creo que es cosa de todos:
1. Los falleros somos malos y los antifalleros tienen toda la razón.
2. Las fallas son malas porque gastamos poco en pagar a los artistas y estos, los artistas, son víctimas de esta situación.
No, miren ustedes, no. Me niego. Me niego a formar parte de esta dicotomía artificial creada dentro de los parámetros de las dicotomías ideológicas.
Estas etiquetas tienen toda la pinta de haber sido creadas para obtener beneficio político. De hecho, quienes más han incidido en fomentar estas diferencias han sido el PSOE valenciano y Compromís, demostración clara de que les interesa que estas diferencias se promocionen para pescar en aguas revueltas.
Denuncian hechos y situaciones que, durante el mandato anterior de Ribó, con Fuset y Galiana al frente de las fallas, con el apoyo de Sandra Gómez y Pilar Bernabé, ya sucedían, y entonces no dijeron nada.
Hace unas semanas os hablaba de que los dirigentes del Gremio habían caído en las redes de la izquierda valenciana, con el consiguiente enfado de estos conmigo. Las muestras eran evidentes, como dije en ese artículo. No pueden arremeter así contra las fallas: al final somos los pagadores. Y, por mucho que digan “sin artistas no hay falla”, lo cierto es que sin comisiones no habría artistas; incluso hay fallas que se las hacen ellas mismas. Por tanto, es una relación equilibrada obligada a entenderse. Caer en la trampa de la dicotomía interesada les perjudica más a ellos que a las fallas.
Otro puntal en la promoción del enfrentamiento ha sido la Federación de Asociaciones de Vecinos, cuya presidenta ha dado múltiples muestras de ser más una herramienta de la izquierda que una defensora de los derechos de los vecinos. Máxime cuando, a menudo, se le olvida a María José Broseta que los falleros también somos vecinos. Y todos tenemos el mismo derecho al descanso y a la fiesta. No puede etiquetarse a los falleros como malos y a los vecinos no falleros como buenos. ¡No! Me niego.
De ahí que la representante municipal del PSOE quiera llevar los debates por barrios para que se traten en las juntas municipales de distrito, donde ellos dominan mucho más el terreno que a nivel municipal global. No hay nada dejado al azar. Todo es premeditado.
La izquierda se equivocó en los 80 despreciando a las fallas y se equivoca en la actualidad intentando aprovecharse de ellas. Lo vimos durante los 8 años de Compromís en el gobierno fallero y lo vemos ahora en la oposición.
Repito que las fallas (y los artistas) debemos mantenernos al margen y no permitir estas injerencias ideológicas interesadas.
Es mi opinión.
PEPE HERRERO

