En un deporte donde tradición, técnica y arte se entrelazan, pocas historias resultan tan auténticas como la de Rocío Rodríguez. Joven amazona valenciana, ha logrado subirse al segundo escalón del podio en el Campeonato de España de doma vaquera, confirmando que el relevo generacional en esta disciplina está más que asegurado.
Desde pequeña, Rocío ha vivido el caballo como parte de su día a día. No es casualidad: su padre, Simón Rodríguez, ha sido su referente absoluto y también su maestro. “Es el que me ha enseñado siempre”, afirma sin dudar. Esa doble figura —padre y entrenador— ha marcado su carácter dentro y fuera de la pista. Exigencia, constancia y una búsqueda continua de mejora definen su evolución.
Competir con los mejores
A diferencia de otros jinetes que optan por progresar en circuitos más accesibles, Rocío lo tuvo claro desde el principio: quería medirse con los grandes. Por eso dio el salto a Andalucía, cuna de la doma vaquera y territorio donde el nivel competitivo es especialmente alto.
“Allí hay más nivel y cuando me vi preparada decidí competir”, explica. La experiencia no fue sencilla. Acostumbrada a competir en Valencia desde los 10 años, muchas veces en solitario, enfrentarse a pistas con mayor participación y exigencia le supuso un reto añadido. “Impone más, hay más gente y mucho nivel”, reconoce. Sin embargo, ese paso adelante fue clave en su crecimiento deportivo.
Técnica y “pellizco”
Si algo define la doma vaquera es su equilibrio entre precisión técnica y expresión artística. Rocío lo resume con una palabra que repite con convicción: pellizco. “Es una doma que viene del campo. Hay que llevar la técnica a la vista, pero también tener ese pellizco que no tienen otras disciplinas”, explica.
Esa sensibilidad, heredada de las faenas tradicionales del campo, es lo que convierte cada ejercicio en algo más que una ejecución correcta: lo transforma en una forma de comunicación entre jinete y caballo.

Aprender de todos
A pesar de su juventud, Rocío muestra una madurez poco común. No se limita a un único referente, aunque su padre siga siendo el principal. “Hay que aprender de todos, sacar lo bueno de cada uno”, asegura, reflejando una mentalidad abierta y competitiva al mismo tiempo.
Un camino que viene de casa
La elección de la doma vaquera no fue fruto del azar. “Me viene de casa”, dice con naturalidad. Aunque ha conocido otras disciplinas ecuestres, ninguna le ha transmitido lo mismo. “Tiene algo especial”, insiste, ese “pellizco” que la engancha desde niña.
Para los jóvenes que dudan entre distintas modalidades, su mensaje es claro: “Que se animen. Es una disciplina muy bonita en la que se aprende técnica y también esa parte más artística”.

Familia, esfuerzo y recompensa
Compartir afición con su padre ha sido, según cuenta, un privilegio. Más allá de los entrenamientos exigentes —donde reconoce que a veces chocan—, lo que prevalece es el orgullo y la satisfacción compartida. “Cuando las cosas salen bien, es muy bonito celebrarlo juntos”, destaca.
Mirando al futuro
Lejos de conformarse con la plata nacional, Rocío ya tiene nuevos objetivos en mente. Quiere volver a competir en Andalucía y subir de categoría, consolidándose entre la élite. Además, planea regresar a las pistas con “Amapola”, uno de sus caballos, para seguir creciendo en competición.
Mientras tanto, continúa formando a jóvenes promesas como “Zafir”, un hispano-árabe de tres años con el que trabaja las bases: paso, trote, galope y los primeros ejercicios de doma. Un reflejo de su compromiso con el proceso, no solo con el resultado.







